Santa Clara y sus ríos

 

Escrito por: Martha Abelina Hernández

Recuerda la historia que la villa de la Santísima Santa Clara, al centro de Cuba, nació entre dos ríos, sus habitantes disfrutaban de las cristalinas y sanas corrientes.
La calidad de esas aguas permitía su consumo y fueron muchos los lugareños quienes aprendieron a nadar en ellas.
Frondosos, altos y hermosos árboles ocupaban sus orillas, donde habitaban aves, insectos y todo tipo de animales, hasta allí llegó la protección de Marta Abreu, cuando construyó los lavaderos, sitios en los cuales las mujeres pobres llegaban a lavar sus ropas, mientras tenían un sitio seguro donde resguardar a sus hijos pequeños.
Los años, la desidia humana y el irrespeto a la naturaleza poco a poco fueron cambiando el bello y placentero espectáculo que emana de las dos corrientes. Ahora los laureles ya no crecen en sus orillas, aunque algún que otro ocuje legendario recuerda los que prosperaron en la periferia inmediata del centro de la ciudad, proveedores de aires fresco y limpio en la villa mediterránea.
El tiempo paso, y el hombre vio en esos caudales un lugar ideal para verter todo tipo de desechos, poco a poco, ante los ojos de todos, las aguas, otrora transparentes y cristalinas, se convirtieron en turbias.
Los trabajadores de la Delegación Provincial del Instituto de Recursos Hidráulicos, en Villa Clara, asisten y cuidan lo que queda de aquellos ríos para evitar inundaciones ante la presencia de fuertes o intensas lluvias.
Pero nada puede contra el daño común, mientras que los obreros de la Empresa de Acueductos y Alcantarillados, limpian, sanean y desobstruyen una y otra vez los desagües cercanos al Bélico y Cubanicay, son muchas las personas que siguen considerando las nobles y reducidas corrientes como vertederos.
La prensa de Villa Clara en reiterada ocasiones ha referido los trabajos de dragado que realizan diferentes entidades, los medios son eco de la preocupación de quienes viven cerca por la fetidez que generan los animales muertos y desechos domésticos que van a dar allí.
María Elena Perdomo, vecina de uno de los ríos santaclareños afirma que los trabajadores de comunales limpian y sacan la suciedad que tupe los alcantarillados que drenan a las corrientes, pero como por arte de magia un buen día todo vuelve a estar igual o peor.
En el lado opuesto de la ciudad, también cerca del rio, son varias las personas que narran como las gentes botan hasta las heces de los cerdos al rio, luego las moscas y otros vectores hacen insoportable la vida.
Los más ancianos de las barriadas ubicadas cerca de los ríos, ven con nostalgia la muerte de las aguas a manos, incluso, de quienes viven lejos y se toman el trabajo de llegar hasta allí para dejar lo inservible, no saben que sin importar la distancia, ellos también se perjudicaran con esa indolencia.
Quizás no sepan que los ríos son las venas del planeta tierra, por tanto conducen y llegan hasta lugares casi inexplicables, portando la indolencia e indisciplinas que los dañan y laceran.
Esas bellas agua portadoras de vida se pueden convertir en focos de enfermedades, y epidemias las que tienen al hombre como hospedero principal.

 

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