Gracias Julito por tus huellas

 


Supe que el compañero Raúl Castro había dicho algo así como “ahora no permitas que te chiqueen el nombre”, o algo parecido y por respeto a su indicación durante los casi diez años que estuvo en el cargo de primer secretario del Partido en Villa Clara no le dije Julito, como siempre lo nombré, desde que para mi era apenas el hijo de Bernardino Lima, un verdadero líder campesino con quien podría decir que aprendí a entrevistar en mis inicios en este cautivante oficio. El chofer adolescente fue ascendiendo en los cargos a golpes de carisma y resultados,  en la UJC y el Partido. En todas partes dejó huellas, en el contingente Batalla de Santa Clara, en Cifuentes, en Sagua…en Villa Clara. Aquel septiembre del 2009 bastó una charla breve para sanar mi herida, de la que brotaba mucha sangre porque la había recibido de alguien en quien confié y seguí en la misma trinchera.  Me enorgullece haber estado cerca en su bregar de impulso a nuestra agricultura y en su afán permanente por extraer lo mejor de la fibra de los seres humanos como supo hacer con los campesinos del Movimiento de los 90 de Camajuaní  por el 90 cumpleaños de Fidel. Todos fuimos mejores a partir de tan imborrable experiencia. Julito llevó al más alto peldaño el apoyo a la prensa y a los periodistas, haciendo prevalecer siempre la razón por encima de las jerarquías.

Conozco cuantas insatisfacciones tiene, cuanto más hubiera querido hacer, cuan entrañable es su amor por las personas humildes. Su lealtad logra nublar sus ojos cuando habla de Fidel.  Concluye su mandato en Villa Clara al frente del Partido pero mi retina lo mantendrá como el líder infatigable que apenas dormía tras el destrozo de Irma, y las lluvias de Alberto, o con los 90 recogiendo escombros en Isabela de Sagua, siempre al frente de las tareas como nos pedía el Che y no diciendo desde atrás lo que deben hacer los demás. Solo con saber que Julito no ha descuidado su deber ni en el tiempo que tuvo a padre y madre ingresados en terapia intensiva al mismo tiempo, con peligro para la vida, bastaría para creer que a un hombre así hay que seguirlo. Siento desprecio por lisonjeros o aduladores. Y estas palabras las digo hoy cuando termina en el cargo. Pero puedo decir que a una persona como él, uno quisiera tenerlo siempre de jefe en el combate.  En confianza le dije al comienzo: tú no tienes historia, para mi eres el hijo de Bernardino Lima Reynoso. Y sonrió.  Al cabo de casi 10 años tengo que ir a ver a Bernardino para decirle, con franqueza y cariño, y se bien que para su orgullo: “debo rectificar, ahora tu eres el padre de Julio Ramiro Lima Corzo”.

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